Tu cuerpo, cielo…cielos de lo estéril
Un día me dijiste que querías que tu mujer perdiera a tu hijo y alguien lo descubrió tirado por ahí,
sin forma y sin rostro.
Ése, era la muerte, ése era su nombre, la muerte sin forma, dicen que no carece de modelo, un cuerpo siempre está lleno de muerte, pero cuando algo que no ha nacido, ¿se puede hablar de muerte cuando ése no nació?
Los órganos de la vida, no nos preguntaremos eso, lo que puede funcionar funciona, el deseo se estropeó y se estropeó, pero allí no había ningún órgano, nada estaba en su lugar, era el testimonio de una nada.
Era mi proyección ¡no! No tenía nada que ver con un cuerpo, lo perpetuamente improductivo, lo catatónico,
el cuerpo lleno de agua, sin órganos, no era la síntesis reproductiva, no consistía en acoplar,
ése no sé de un cuerpo sin órganos, era lo que habías dicho, tu deseo cumplido.
domingo, 7 de junio de 2009
MI MÁQUINA DE AFEITAR
Anda al baño que se llena la bañadera.
Mi afeitadora eléctrica en el fondo del agua.
El miedo que todos tenemos a que se junte el agua con la electricidad.
Allí están las dos, la electricidad y la buena conductora que es el agua.
¿Cómo es posible que el agua sea tantas cosas?
A la maquina de afeitar eléctrica me la habían regalada hacía veinte años, todavía la usaba con los pocos y rebeldes pelos que me quedan.
¿Cuándo debería tirar a esa máquina de afeitar?
Tendría que hacerlo.
Pero ahora se estropeó, es una máquina estropeada, sus piezas dejarán de estar juntas, para estar sueltas, dejadas a que alguno se de cuenta de su inservilidad y sea tirada a la calle, no es lo mismo tirar un pollo viejo a la basura que a mi querida afeitadora eléctrica.
Los objetos son demasiado orgánicos, tienen cuerpo y me dan pena, igual que la pena de pensar cuando mi gata no esté más. Dicen que después de la vejez viene la muerte, entonces tengo que esperarla.
Una afeitadora y un gato forman un organismo, un ser humano no,
El cuerpo sufre por ser organizado, y estar vaciado.
una parada incomprensible por completo recta,
no hay esfinge, no hay pulmones, no hay aire,
el cuerpo lleno es el objeto.
Entra frío, cerrá la puerta que entra frío.
Mi cuerpo es el temor de haber perdido a la afeitadora, y de temer perder a la gata, y el cuidado de que ese lado está la electricidad y te podes quedar pegado,
Ir hacia otro lado, seguir andando, salir del baño y no tener lugar adecuado.
Mi afeitadora eléctrica en el fondo del agua.
El miedo que todos tenemos a que se junte el agua con la electricidad.
Allí están las dos, la electricidad y la buena conductora que es el agua.
¿Cómo es posible que el agua sea tantas cosas?
A la maquina de afeitar eléctrica me la habían regalada hacía veinte años, todavía la usaba con los pocos y rebeldes pelos que me quedan.
¿Cuándo debería tirar a esa máquina de afeitar?
Tendría que hacerlo.
Pero ahora se estropeó, es una máquina estropeada, sus piezas dejarán de estar juntas, para estar sueltas, dejadas a que alguno se de cuenta de su inservilidad y sea tirada a la calle, no es lo mismo tirar un pollo viejo a la basura que a mi querida afeitadora eléctrica.
Los objetos son demasiado orgánicos, tienen cuerpo y me dan pena, igual que la pena de pensar cuando mi gata no esté más. Dicen que después de la vejez viene la muerte, entonces tengo que esperarla.
Una afeitadora y un gato forman un organismo, un ser humano no,
El cuerpo sufre por ser organizado, y estar vaciado.
una parada incomprensible por completo recta,
no hay esfinge, no hay pulmones, no hay aire,
el cuerpo lleno es el objeto.
Entra frío, cerrá la puerta que entra frío.
Mi cuerpo es el temor de haber perdido a la afeitadora, y de temer perder a la gata, y el cuidado de que ese lado está la electricidad y te podes quedar pegado,
Ir hacia otro lado, seguir andando, salir del baño y no tener lugar adecuado.
martes, 12 de mayo de 2009
PERO ESAS MANOS VUELVEN
PERO ESAS MANOS VUELVEN
Así no se puede, mejor definamos acerca de tus intenciones.
Yo no tengo derecho a estar pensando que tus intenciones no son las más santas.
¿Qué es peor: tus intenciones o que yo esté pensando lo que estoy pensando?
No me acuerdo bien qué pasó. Yo era muy chica pero sueño todo el tiempo con eso.
Sus manos, creo que conozco más sus manos que su cara. Te querés morir cuando las olfalteas cerca. La rugosidad y ese blanco espectral de las palmas. Esas manos giraban hacía mí, me querían agarrar. Me cerraban el paso y se aseguraba que no hubiera escape.
¿Quién se aseguraba?
El día que sepa quién fue, ese día o me mato o lo denuncio. Pienso que podría ser él. Y eso me tortura. Buscó la verdad en los sueños. Me debería haber dado cuenta antes pero hay cosas que olvido. Lo más elemental. Si se pierde la confianza en lo más elemental, te queda un agujero más grande… Me da vergüenza decirlo. Y hasta pensarlo. Pero esas manos vuelven.
Así no se puede, mejor definamos acerca de tus intenciones.
Yo no tengo derecho a estar pensando que tus intenciones no son las más santas.
¿Qué es peor: tus intenciones o que yo esté pensando lo que estoy pensando?
No me acuerdo bien qué pasó. Yo era muy chica pero sueño todo el tiempo con eso.
Sus manos, creo que conozco más sus manos que su cara. Te querés morir cuando las olfalteas cerca. La rugosidad y ese blanco espectral de las palmas. Esas manos giraban hacía mí, me querían agarrar. Me cerraban el paso y se aseguraba que no hubiera escape.
¿Quién se aseguraba?
El día que sepa quién fue, ese día o me mato o lo denuncio. Pienso que podría ser él. Y eso me tortura. Buscó la verdad en los sueños. Me debería haber dado cuenta antes pero hay cosas que olvido. Lo más elemental. Si se pierde la confianza en lo más elemental, te queda un agujero más grande… Me da vergüenza decirlo. Y hasta pensarlo. Pero esas manos vuelven.
Y DESPUÉS
Y DESPUÉS…
Me quedé impresionado de lo que me contaste.
Vivo escuchando pero eso no lo resistí sin un par de pesadillas y miedo a que las balas que no te atravesaron, por la maldita ósmosis, me llenaran la cabeza de sangre hasta encontrar un agujero para derramarse.
Y después…
Tenías soriasis en los codos y cuando los empinabas se agrietaban como abrigo hilado de antiquísimas pieles. Y dolían, nunca pensé en cómo dolían esas grietas…
Las voces salían angustiadas, y yo no entendí qué te pasaba hasta hoy.
No estás muerto de pedo, y vivís rodeado por un gusto apocalíptico: en cualquier momento cae el meteorito que hace desaparecer a los dinosaurios.
Y decís que por orgullo no irás para atrás.
Y estás preocupado por cómo están las mujeres hoy en día.
Y qué va a ser de vos habiendo tanta diferencia como cuando salís con la Berlingo o con la Toyota. Que a todos les interesa lo que tenés para mostrar. Que las mujeres se separan muy rápido de sus hombres, que los descartan como pañales de farmacia. Que les interesa la plata, por eso los españoles llamaron a estas tierras las del plata. Porque sus hombres y sus mujeres estaban muy interesados en la plata,
en lo que reluce,
y muestra
y envidia,
y
Lo que me a mí me aterra es cómo me miraste cuando dije que la soriasis se cura y que no eras el primero al que se las hacía desaparecer, pero así no se puede decir, en Argentina no, está todo politizado, sobre todo el lenguaje, no se puede decir hacer desaparecer sin contabilizar hombres y mujeres y niños, cuerpos que ya no están.
Y después…
No se puede hablar con inocencia.
Te aterra pensar que las cosas no son cómo te las enseñaron. ¿Que sería de vos sin tu familia? Y decís que la muestra de tu fracaso es que estás acá y me haces enojar. Me subo y me bajo con mi sangre a la cabeza cómo los kilos que acuden a tu panza porque tenés una hernia en el esófago que no deja que hagas alguna vez una digestión humana. Y así no se puede y engordás y volvés a engordar después de adelgazar por olvidarte muchas de comer.
Y sos tan joven, en el momento que un hombre tiene que decidir qué hacer con su vida, vos ya la perdiste varias veces, y la que te queda no te deja en paz, entre regurgitaciones y pieles agrietadas que duelen como la puta madre.
Me quedé impresionado de lo que me contaste.
Vivo escuchando pero eso no lo resistí sin un par de pesadillas y miedo a que las balas que no te atravesaron, por la maldita ósmosis, me llenaran la cabeza de sangre hasta encontrar un agujero para derramarse.
Y después…
Tenías soriasis en los codos y cuando los empinabas se agrietaban como abrigo hilado de antiquísimas pieles. Y dolían, nunca pensé en cómo dolían esas grietas…
Las voces salían angustiadas, y yo no entendí qué te pasaba hasta hoy.
No estás muerto de pedo, y vivís rodeado por un gusto apocalíptico: en cualquier momento cae el meteorito que hace desaparecer a los dinosaurios.
Y decís que por orgullo no irás para atrás.
Y estás preocupado por cómo están las mujeres hoy en día.
Y qué va a ser de vos habiendo tanta diferencia como cuando salís con la Berlingo o con la Toyota. Que a todos les interesa lo que tenés para mostrar. Que las mujeres se separan muy rápido de sus hombres, que los descartan como pañales de farmacia. Que les interesa la plata, por eso los españoles llamaron a estas tierras las del plata. Porque sus hombres y sus mujeres estaban muy interesados en la plata,
en lo que reluce,
y muestra
y envidia,
y
Lo que me a mí me aterra es cómo me miraste cuando dije que la soriasis se cura y que no eras el primero al que se las hacía desaparecer, pero así no se puede decir, en Argentina no, está todo politizado, sobre todo el lenguaje, no se puede decir hacer desaparecer sin contabilizar hombres y mujeres y niños, cuerpos que ya no están.
Y después…
No se puede hablar con inocencia.
Te aterra pensar que las cosas no son cómo te las enseñaron. ¿Que sería de vos sin tu familia? Y decís que la muestra de tu fracaso es que estás acá y me haces enojar. Me subo y me bajo con mi sangre a la cabeza cómo los kilos que acuden a tu panza porque tenés una hernia en el esófago que no deja que hagas alguna vez una digestión humana. Y así no se puede y engordás y volvés a engordar después de adelgazar por olvidarte muchas de comer.
Y sos tan joven, en el momento que un hombre tiene que decidir qué hacer con su vida, vos ya la perdiste varias veces, y la que te queda no te deja en paz, entre regurgitaciones y pieles agrietadas que duelen como la puta madre.
EL CAMBIADOR DE HOMBRES
El cambiador de Hombres.
__Nos hacen dependientes de la mujer __
“Ayer fui a cambiar a mi hijo y no había cambiador en el baño de hombres”. Y hablamos de eso: el baño de hombres era inútil para las imprescindibles tareas de cuidado y cambio de un pañal cagado. Había que ser mujer para lograr tener un lugar apropiado para extender el bebé y realizar una cantidad enorme de acciones de higiene y suplantación del pañal sucio por uno limpio.
Marcelo se divertía contando cómo lo había realizado, en sus muslos preferentes y con el hijo medio volando, medio cayéndose realizó el difícil acto final, el más difícil, de pegar el pañal alrededor de las caderas infantiles.
Comenzamos a seguir este camino, como siempre con impredecibles consecuencias.
Recuerdo que hablamos que la mujer tiene el camino sanitario más propicio para su función de madre y como madre tiene los instrumentos necesarios para hacer los cambios de su bebé.
¿No deberíamos, los hombres cambiadores de pañales luchar por nuestra igualdad de derechos?
Los hijos deben quedar al cuidado de las madres parece decirnos ese baño público.
Hasta que se pueda cambiar solo o al menos pueda bancarse sucio sin fastidiar a todo el resto del mundo, el bebé será higiénicamente de la madre o del malabarismo paterno.
Al no haber cambiador masculino, el bebé tendrá sexo que no caerá bajo la antinomia inflexible del hombre-mujer, no caerá sobre él la prohibición de entrar al baño de su género opuesto. Pero los bebes hombrecitos no se quejan, al igual que los hombres aceptan con entereza viril que los cambiadores los discriminen.
Los hombres y el baño es un tema más englobante que si existen o no cambiadores infantiles alegarán algunos y con razón.
Los hombres son diferentes a las mujeres, éstas necesitan manejar el cuidado de su higiene personal con mayor asepsia que el hombre que hace pis parado y no le importa mojar el asiento para quién venga después a sentarse.
El hombre discrimina su parte anal, es lo bajo y es lo que no debe entregar a hombre alguno. Marcelo ha escuchado, está seguro que alguien en algún momento de su niñez le ha dicho con esto, hasta con palabras tajantes. Pero no recuerda quién fue, ni cómo fue.
Comenzamos a hablar de ese atrás.
Las mujeres se solidarizan con la otra que se va a sentar en el mismo baño público. El hombre va al baño y se olvida que detrás viene otro. El problema del hombre es el detrás.
Marcelo me cuenta que ha leído un libro de Flavio Rapisardi que hablaba durante la época de los militares de las teteras en los baños públicos. Eran encuentros entre hombres en lo más bajo de los meaderos públicos.
Y hoy vimos varios “detraces”, el detrás de la caca del hijo, el detrás no me importa quién venga, el detrás tengo un hombre con su falo y sus objetivos.
Le pregunto que otros “retraces” se le ocurren y ahí se queda callado. Percibe quizás por primera vez que yo estoy detrás de él y esto produce un instante de silencio.
__Nos hacen dependientes de la mujer __
“Ayer fui a cambiar a mi hijo y no había cambiador en el baño de hombres”. Y hablamos de eso: el baño de hombres era inútil para las imprescindibles tareas de cuidado y cambio de un pañal cagado. Había que ser mujer para lograr tener un lugar apropiado para extender el bebé y realizar una cantidad enorme de acciones de higiene y suplantación del pañal sucio por uno limpio.
Marcelo se divertía contando cómo lo había realizado, en sus muslos preferentes y con el hijo medio volando, medio cayéndose realizó el difícil acto final, el más difícil, de pegar el pañal alrededor de las caderas infantiles.
Comenzamos a seguir este camino, como siempre con impredecibles consecuencias.
Recuerdo que hablamos que la mujer tiene el camino sanitario más propicio para su función de madre y como madre tiene los instrumentos necesarios para hacer los cambios de su bebé.
¿No deberíamos, los hombres cambiadores de pañales luchar por nuestra igualdad de derechos?
Los hijos deben quedar al cuidado de las madres parece decirnos ese baño público.
Hasta que se pueda cambiar solo o al menos pueda bancarse sucio sin fastidiar a todo el resto del mundo, el bebé será higiénicamente de la madre o del malabarismo paterno.
Al no haber cambiador masculino, el bebé tendrá sexo que no caerá bajo la antinomia inflexible del hombre-mujer, no caerá sobre él la prohibición de entrar al baño de su género opuesto. Pero los bebes hombrecitos no se quejan, al igual que los hombres aceptan con entereza viril que los cambiadores los discriminen.
Los hombres y el baño es un tema más englobante que si existen o no cambiadores infantiles alegarán algunos y con razón.
Los hombres son diferentes a las mujeres, éstas necesitan manejar el cuidado de su higiene personal con mayor asepsia que el hombre que hace pis parado y no le importa mojar el asiento para quién venga después a sentarse.
El hombre discrimina su parte anal, es lo bajo y es lo que no debe entregar a hombre alguno. Marcelo ha escuchado, está seguro que alguien en algún momento de su niñez le ha dicho con esto, hasta con palabras tajantes. Pero no recuerda quién fue, ni cómo fue.
Comenzamos a hablar de ese atrás.
Las mujeres se solidarizan con la otra que se va a sentar en el mismo baño público. El hombre va al baño y se olvida que detrás viene otro. El problema del hombre es el detrás.
Marcelo me cuenta que ha leído un libro de Flavio Rapisardi que hablaba durante la época de los militares de las teteras en los baños públicos. Eran encuentros entre hombres en lo más bajo de los meaderos públicos.
Y hoy vimos varios “detraces”, el detrás de la caca del hijo, el detrás no me importa quién venga, el detrás tengo un hombre con su falo y sus objetivos.
Le pregunto que otros “retraces” se le ocurren y ahí se queda callado. Percibe quizás por primera vez que yo estoy detrás de él y esto produce un instante de silencio.
EXCITACIÓN MORBOSA
EXCITACIÓN MORBOSA
Por momentos llegaba a estados de excitación morbosa. Ahí es dónde el labio inferior se movía y el pelo negro le caía en la cara y le tapaba la vista.
Enceguecía… agarraba colores para tirarlos en una hoja, o tomaba una pedazo de macilla para hacerla mierda.
Después de un rato que nunca sabía cuánto duraba, ponía música, sabía que eso la tranquilizaba, la hacía sentir arrinconada, la creatividad ya tenía voz y ella se dejaba arrucar (siempre pensaba en esos momentos en esa palabra) por el cantante que la llevaba a su mundo.
Arrucar era sentirse nuevamente en el mundo, era también mirar de nuevo, o quizás por primera vez lo que había hecho. Siempre tenía la impresión que esos objetos que había pintado o modelado no se quedaban quietos. Eran una pequeña detención, una fragmentación del movimiento que apenas permanecía quieto para que ella intentase mirarlos. Pero los objetos querían seguir moviéndose.
Se sentía ahogada.
Los objetos la agobiaban y ella se iba, agarraba las llaves y sin decir nada a nadie y con lo que tenía puesto en ese momento, salía a la calle.
Era preferible que todos la miraran antes de seguir ahí.
Ya nada importaba. El agobio podía aumentar y ya bastantes cosas le habían sucedido en ese agobio si no trataba de irse.
El sentido desaparecía y era capaz de tantas cosas…
Ni el retrato del genocidio indígena que había tanto sentido en sus años de México, ni los rostros de los indígenas que buscaba en su Pampa natal.
El sentido no estaba. En ningún lado. Ya nada le importaba, ni siquiera con quien vivía desde hacía siete años.
La vida era absurda, y absurdo era seguir ahí. Era eso lo que más me gustaba de él.
Su absurdidad. Lo que le decía. Él estaba seguro que algo le había pasado en México y por eso a ella le pasaba eso. Quizás se lo dijera porque nunca había ido a vivir a otro lado, pero tantas veces le había repetido que ella algo había pasado en México con su sentido, mejor dicho antes de ir a México.
Era absurdo, pero cuando ella abría la puerta de calle, sabía que había algo de razón, que cuando llegó a México a los 21 años, a pesar de que se había ido de Buenos Aires porque no se podía vivir más allí, algo había dejado algo del sentido y que muchos años después había vuelto a buscar. Siempre salía a la calle con esa sensación de ir a buscarlo con urgencia. Y ahora abría la puerta de calle.
Por momentos llegaba a estados de excitación morbosa. Ahí es dónde el labio inferior se movía y el pelo negro le caía en la cara y le tapaba la vista.
Enceguecía… agarraba colores para tirarlos en una hoja, o tomaba una pedazo de macilla para hacerla mierda.
Después de un rato que nunca sabía cuánto duraba, ponía música, sabía que eso la tranquilizaba, la hacía sentir arrinconada, la creatividad ya tenía voz y ella se dejaba arrucar (siempre pensaba en esos momentos en esa palabra) por el cantante que la llevaba a su mundo.
Arrucar era sentirse nuevamente en el mundo, era también mirar de nuevo, o quizás por primera vez lo que había hecho. Siempre tenía la impresión que esos objetos que había pintado o modelado no se quedaban quietos. Eran una pequeña detención, una fragmentación del movimiento que apenas permanecía quieto para que ella intentase mirarlos. Pero los objetos querían seguir moviéndose.
Se sentía ahogada.
Los objetos la agobiaban y ella se iba, agarraba las llaves y sin decir nada a nadie y con lo que tenía puesto en ese momento, salía a la calle.
Era preferible que todos la miraran antes de seguir ahí.
Ya nada importaba. El agobio podía aumentar y ya bastantes cosas le habían sucedido en ese agobio si no trataba de irse.
El sentido desaparecía y era capaz de tantas cosas…
Ni el retrato del genocidio indígena que había tanto sentido en sus años de México, ni los rostros de los indígenas que buscaba en su Pampa natal.
El sentido no estaba. En ningún lado. Ya nada le importaba, ni siquiera con quien vivía desde hacía siete años.
La vida era absurda, y absurdo era seguir ahí. Era eso lo que más me gustaba de él.
Su absurdidad. Lo que le decía. Él estaba seguro que algo le había pasado en México y por eso a ella le pasaba eso. Quizás se lo dijera porque nunca había ido a vivir a otro lado, pero tantas veces le había repetido que ella algo había pasado en México con su sentido, mejor dicho antes de ir a México.
Era absurdo, pero cuando ella abría la puerta de calle, sabía que había algo de razón, que cuando llegó a México a los 21 años, a pesar de que se había ido de Buenos Aires porque no se podía vivir más allí, algo había dejado algo del sentido y que muchos años después había vuelto a buscar. Siempre salía a la calle con esa sensación de ir a buscarlo con urgencia. Y ahora abría la puerta de calle.
REGIMEN DE VISITAS
RÉGIMEN DE VISITAS.
¿Qué es eso?
Solamente quién tiene una relación pésima puede decir esas palabras.
Y además ella sabe que no sirve como mamá. Se distrae todo el tiempo, acaso ser madre, ¿no es saber mantener la atención en el otro?
Se le cae, cada dos por tres se le cae, no puede mantener una rutina, le importa solamente estar cómoda, y encima me echó de la casa. Eso sí lo supo hacer bien, y ahora habla de régimen de visitas.
¿Qué es eso?
Solamente quién tiene una relación pésima puede decir esas palabras.
Y además ella sabe que no sirve como mamá. Se distrae todo el tiempo, acaso ser madre, ¿no es saber mantener la atención en el otro?
Se le cae, cada dos por tres se le cae, no puede mantener una rutina, le importa solamente estar cómoda, y encima me echó de la casa. Eso sí lo supo hacer bien, y ahora habla de régimen de visitas.
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