martes, 12 de mayo de 2009

EXCITACIÓN MORBOSA

EXCITACIÓN MORBOSA

Por momentos llegaba a estados de excitación morbosa. Ahí es dónde el labio inferior se movía y el pelo negro le caía en la cara y le tapaba la vista.
Enceguecía… agarraba colores para tirarlos en una hoja, o tomaba una pedazo de macilla para hacerla mierda.
Después de un rato que nunca sabía cuánto duraba, ponía música, sabía que eso la tranquilizaba, la hacía sentir arrinconada, la creatividad ya tenía voz y ella se dejaba arrucar (siempre pensaba en esos momentos en esa palabra) por el cantante que la llevaba a su mundo.
Arrucar era sentirse nuevamente en el mundo, era también mirar de nuevo, o quizás por primera vez lo que había hecho. Siempre tenía la impresión que esos objetos que había pintado o modelado no se quedaban quietos. Eran una pequeña detención, una fragmentación del movimiento que apenas permanecía quieto para que ella intentase mirarlos. Pero los objetos querían seguir moviéndose.
Se sentía ahogada.
Los objetos la agobiaban y ella se iba, agarraba las llaves y sin decir nada a nadie y con lo que tenía puesto en ese momento, salía a la calle.
Era preferible que todos la miraran antes de seguir ahí.
Ya nada importaba. El agobio podía aumentar y ya bastantes cosas le habían sucedido en ese agobio si no trataba de irse.
El sentido desaparecía y era capaz de tantas cosas…
Ni el retrato del genocidio indígena que había tanto sentido en sus años de México, ni los rostros de los indígenas que buscaba en su Pampa natal.
El sentido no estaba. En ningún lado. Ya nada le importaba, ni siquiera con quien vivía desde hacía siete años.
La vida era absurda, y absurdo era seguir ahí. Era eso lo que más me gustaba de él.
Su absurdidad. Lo que le decía. Él estaba seguro que algo le había pasado en México y por eso a ella le pasaba eso. Quizás se lo dijera porque nunca había ido a vivir a otro lado, pero tantas veces le había repetido que ella algo había pasado en México con su sentido, mejor dicho antes de ir a México.
Era absurdo, pero cuando ella abría la puerta de calle, sabía que había algo de razón, que cuando llegó a México a los 21 años, a pesar de que se había ido de Buenos Aires porque no se podía vivir más allí, algo había dejado algo del sentido y que muchos años después había vuelto a buscar. Siempre salía a la calle con esa sensación de ir a buscarlo con urgencia. Y ahora abría la puerta de calle.

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