martes, 12 de mayo de 2009

A PUNTO DE MORIR

A PUNTO DE MORIR

Nunca había atendido a un hombre viejo a punto de morir. Dijo que venía a hablar de eso. No hay años para esa mirada que me echó la primera vez que entró por mi puerta.

—¿Porqué se va a morir? —sus ojos me miran más allá de sus años. No había sido una buena pregunta
—Le demando a la vida por qué me voy a morir. Son los momentos finales.
—¿Y cómo van a ser?
—Me imagino cuando se acerque y me quiera emocionar y no tenga lágrimas de tantas que no derramé.

De chico le dijeron que los hombres no lloran y él ha cumplido durante su vida esa premisa.

—La conclusión no puede alejarse de las premisas dice la lógica…
—Me dicen mis ojos que no llorarán aún cuando sea el instante final.
— ¿Y entonces?

Mejor morir sin darse cuenta. Mejor el deterioro, perder la lucidez que saber cómo termina la peli. Mejor estar y no estar. No saber que ese día ella se presentará. Estar más ido que esa espera atrás de la puerta sabiendo que es tan puntual como puntual es el reloj para marcar las horas.

—Si sabés cuándo vendrá, no hay urgencias.
—Pero hay un gran miedo cuando se acerque el momento y tenga que levantarme a darle la mano, y también un gran fracaso, me eduqué en la muerte, desde chico, y no pensé que esto me pasaría.

Hablamos de eso. Preparándose, ya había empacado, sabía que se muere cómo se vive y que no hay ningún secreto en la muerte. Quien no cree en Dios descubre que no hay azar, no hay secreto escondido más allá. Lo que se logra es que la muerte se anuncie, tenga respeto por nuestro destino. No hay muerte antes de tiempo sino a tiempo de cada destino.

—Estoy triste, quisiera llorar. Pero no. Tengo los conductos deteriorados porque no he llorado y no sé cómo hacerlo.
—¿Porqué mirar de frente es no llorar?
—Se muere primero el viejo, y uno dando vueltas. Recuerdo eso. Yo le decía a mi hermana: No te das cuenta que aún después de muerto, me miró.

La muerte se anuncia. Al que le toca, empieza a estar ausente. A diferencia de lo que ocurría en la Edad Media, el muriente no se arroja al lecho para esperar la llegada de la muerte. Se muere trabajando por lo que se ama. Se muere solo.

—La tristeza ¡qué importa que sea llanto!, es dolor por lo que se deja.
—Es cierto que no importa tanto las lágrimas. Aún en la muerte nunca se acaba la melancolía.
—¿Y qué es lo que teme?
—El olor de la muerte, ese momento previo, porque la carne se descompone antes de morir. Dios es melancolía. Encontrarse con alguien que habla, que me habla. ¡Que bueno sería! Si Dios no existe la preocupación queda por la decadencia, por la descomposición.

Lo invito a comenzar un análisis, no tiene tiempo, la pulsión escópica es lo que resta aún para que la operación de su vida lleve a su realización, la mirada debe ser dejada de lado, la del viejo mirándolo aún después de muerto, el olor visual a la descomposición de la carne, la charla esperada de Dios.

—Es momento para comenzar un análisis—le digo.
Ahora ya no dice nada. Y algo se asoma en sus ojos, un reflejo, un destello, una esperanza, una ausencia, un final.

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