HABÍA QUE AYUDAR AL TURCO.
A Vicente Zito Lema
La bala que le había destrozado una pierna fue el comienzo de la balacera. Nadie esperó aquella tragedia del martes 28 de mayo de 1968. ¿Para qué el afán del documento histórico frente a lo que pasaba en el hall de derecho cuando unos treinta tipos hacían un acto de fundación de la juventud guevarista y otros tanto entraban a boca de pistola porque se la tenían jurada?
Una bala siguió a otras balas. Yo lo vi al turco caer y me vi a mí definitivamente a salvo. Y ahí es cuando todo comenzó a suceder más lento. Cuarenta años después aún sigo mirando cuando Juan se acercó y le tiró a la otra pierna, todos supimos que venían a buscar al turco. Lo querían rematar.
“Nunca más vas a caminar, pendejo”.
Lo definitivo.
La gremialidad universitaria, el grupo que entraba, venía a defender el lugar donde tenían guardadas las armas. No permitirían que ningún grupo viniera a fundarse en sus mismas narices. Una provocación así, solamente podía contestarse disparando a las piernas o disparando a la cabeza.
Juan dudó por un segundo. Al ver al turco caído sangrando por una pierna tuvo la certeza de que lo tenía que rematar en las piernas. Había una racionalidad, el destino siempre fue vengativo. Ojo por ojo, diente por diente, pierna por pierna. Juan venía de una familia devotamente cristiana. Su madre desde su misma cuna le cantaba salmos de un librito negro que siempre parecía estar caliente.
Y apuntó y todos vimos cómo se tomaba su tiempo para incrustarle la bala en el medio exacto del hueso de la otra pierna y dejar al turco definitivamente inerte. Un hombre con una bala en una pierna puede intentar escapar pero con dos, no.
El turco había tenido suerte. Su desvalimiento le salvó la vida. Un poco más rezagado venía Pedro Ventura. Su nombre jamás lo pudimos olvidar. Era nombre y era apellido. Era el carnicero. Como previo a un partido, había entrado al hall bien concentrado. Se detenía apuntando a la cabeza. Y estaba afilado. María nunca supo quien le disparó porque esa bala le destrozó la conciencia. La destrozó un poco menos que la segunda, porque Juan Ventura aún con el tiro dando en el blanco quería destrozar la primera bala con una segunda. María era la compañera del turco, y él tampoco supo quién le había llevado a su compañera. El turco se desmayó antes de verla morir a su lado. Había que ayudar al turco. Entonces fui yo quién lo agarró de los brazos y lo sacó del hall de derecho. Ni él mismo lo sabe. Y no me gustaría que se enterara cuarenta años después.
martes, 12 de mayo de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario