domingo, 7 de junio de 2009

ÉSE, cuerpo, ninguno.

Tu cuerpo, cielo…cielos de lo estéril
Un día me dijiste que querías que tu mujer perdiera a tu hijo y alguien lo descubrió tirado por ahí,
sin forma y sin rostro.

Ése, era la muerte, ése era su nombre, la muerte sin forma, dicen que no carece de modelo, un cuerpo siempre está lleno de muerte, pero cuando algo que no ha nacido, ¿se puede hablar de muerte cuando ése no nació?

Los órganos de la vida, no nos preguntaremos eso, lo que puede funcionar funciona, el deseo se estropeó y se estropeó, pero allí no había ningún órgano, nada estaba en su lugar, era el testimonio de una nada.

Era mi proyección ¡no! No tenía nada que ver con un cuerpo, lo perpetuamente improductivo, lo catatónico,
el cuerpo lleno de agua, sin órganos, no era la síntesis reproductiva, no consistía en acoplar,
ése no sé de un cuerpo sin órganos, era lo que habías dicho, tu deseo cumplido.

MI MÁQUINA DE AFEITAR

Anda al baño que se llena la bañadera.
Mi afeitadora eléctrica en el fondo del agua.
El miedo que todos tenemos a que se junte el agua con la electricidad.
Allí están las dos, la electricidad y la buena conductora que es el agua.
¿Cómo es posible que el agua sea tantas cosas?
A la maquina de afeitar eléctrica me la habían regalada hacía veinte años, todavía la usaba con los pocos y rebeldes pelos que me quedan.

¿Cuándo debería tirar a esa máquina de afeitar?
Tendría que hacerlo.
Pero ahora se estropeó, es una máquina estropeada, sus piezas dejarán de estar juntas, para estar sueltas, dejadas a que alguno se de cuenta de su inservilidad y sea tirada a la calle, no es lo mismo tirar un pollo viejo a la basura que a mi querida afeitadora eléctrica.
Los objetos son demasiado orgánicos, tienen cuerpo y me dan pena, igual que la pena de pensar cuando mi gata no esté más. Dicen que después de la vejez viene la muerte, entonces tengo que esperarla.
Una afeitadora y un gato forman un organismo, un ser humano no,

El cuerpo sufre por ser organizado, y estar vaciado.
una parada incomprensible por completo recta,
no hay esfinge, no hay pulmones, no hay aire,
el cuerpo lleno es el objeto.

Entra frío, cerrá la puerta que entra frío.
Mi cuerpo es el temor de haber perdido a la afeitadora, y de temer perder a la gata, y el cuidado de que ese lado está la electricidad y te podes quedar pegado,
Ir hacia otro lado, seguir andando, salir del baño y no tener lugar adecuado.

martes, 12 de mayo de 2009

PERO ESAS MANOS VUELVEN

PERO ESAS MANOS VUELVEN

Así no se puede, mejor definamos acerca de tus intenciones.
Yo no tengo derecho a estar pensando que tus intenciones no son las más santas.
¿Qué es peor: tus intenciones o que yo esté pensando lo que estoy pensando?

No me acuerdo bien qué pasó. Yo era muy chica pero sueño todo el tiempo con eso.
Sus manos, creo que conozco más sus manos que su cara. Te querés morir cuando las olfalteas cerca. La rugosidad y ese blanco espectral de las palmas. Esas manos giraban hacía mí, me querían agarrar. Me cerraban el paso y se aseguraba que no hubiera escape.
¿Quién se aseguraba?
El día que sepa quién fue, ese día o me mato o lo denuncio. Pienso que podría ser él. Y eso me tortura. Buscó la verdad en los sueños. Me debería haber dado cuenta antes pero hay cosas que olvido. Lo más elemental. Si se pierde la confianza en lo más elemental, te queda un agujero más grande… Me da vergüenza decirlo. Y hasta pensarlo. Pero esas manos vuelven.

Y DESPUÉS

Y DESPUÉS…

Me quedé impresionado de lo que me contaste.
Vivo escuchando pero eso no lo resistí sin un par de pesadillas y miedo a que las balas que no te atravesaron, por la maldita ósmosis, me llenaran la cabeza de sangre hasta encontrar un agujero para derramarse.
Y después…
Tenías soriasis en los codos y cuando los empinabas se agrietaban como abrigo hilado de antiquísimas pieles. Y dolían, nunca pensé en cómo dolían esas grietas…

Las voces salían angustiadas, y yo no entendí qué te pasaba hasta hoy.
No estás muerto de pedo, y vivís rodeado por un gusto apocalíptico: en cualquier momento cae el meteorito que hace desaparecer a los dinosaurios.

Y decís que por orgullo no irás para atrás.
Y estás preocupado por cómo están las mujeres hoy en día.
Y qué va a ser de vos habiendo tanta diferencia como cuando salís con la Berlingo o con la Toyota. Que a todos les interesa lo que tenés para mostrar. Que las mujeres se separan muy rápido de sus hombres, que los descartan como pañales de farmacia. Que les interesa la plata, por eso los españoles llamaron a estas tierras las del plata. Porque sus hombres y sus mujeres estaban muy interesados en la plata,
en lo que reluce,
y muestra
y envidia,
y

Lo que me a mí me aterra es cómo me miraste cuando dije que la soriasis se cura y que no eras el primero al que se las hacía desaparecer, pero así no se puede decir, en Argentina no, está todo politizado, sobre todo el lenguaje, no se puede decir hacer desaparecer sin contabilizar hombres y mujeres y niños, cuerpos que ya no están.
Y después…
No se puede hablar con inocencia.

Te aterra pensar que las cosas no son cómo te las enseñaron. ¿Que sería de vos sin tu familia? Y decís que la muestra de tu fracaso es que estás acá y me haces enojar. Me subo y me bajo con mi sangre a la cabeza cómo los kilos que acuden a tu panza porque tenés una hernia en el esófago que no deja que hagas alguna vez una digestión humana. Y así no se puede y engordás y volvés a engordar después de adelgazar por olvidarte muchas de comer.

Y sos tan joven, en el momento que un hombre tiene que decidir qué hacer con su vida, vos ya la perdiste varias veces, y la que te queda no te deja en paz, entre regurgitaciones y pieles agrietadas que duelen como la puta madre.

EL CAMBIADOR DE HOMBRES

El cambiador de Hombres.

__Nos hacen dependientes de la mujer __
“Ayer fui a cambiar a mi hijo y no había cambiador en el baño de hombres”. Y hablamos de eso: el baño de hombres era inútil para las imprescindibles tareas de cuidado y cambio de un pañal cagado. Había que ser mujer para lograr tener un lugar apropiado para extender el bebé y realizar una cantidad enorme de acciones de higiene y suplantación del pañal sucio por uno limpio.
Marcelo se divertía contando cómo lo había realizado, en sus muslos preferentes y con el hijo medio volando, medio cayéndose realizó el difícil acto final, el más difícil, de pegar el pañal alrededor de las caderas infantiles.
Comenzamos a seguir este camino, como siempre con impredecibles consecuencias.
Recuerdo que hablamos que la mujer tiene el camino sanitario más propicio para su función de madre y como madre tiene los instrumentos necesarios para hacer los cambios de su bebé.
¿No deberíamos, los hombres cambiadores de pañales luchar por nuestra igualdad de derechos?
Los hijos deben quedar al cuidado de las madres parece decirnos ese baño público.
Hasta que se pueda cambiar solo o al menos pueda bancarse sucio sin fastidiar a todo el resto del mundo, el bebé será higiénicamente de la madre o del malabarismo paterno.
Al no haber cambiador masculino, el bebé tendrá sexo que no caerá bajo la antinomia inflexible del hombre-mujer, no caerá sobre él la prohibición de entrar al baño de su género opuesto. Pero los bebes hombrecitos no se quejan, al igual que los hombres aceptan con entereza viril que los cambiadores los discriminen.
Los hombres y el baño es un tema más englobante que si existen o no cambiadores infantiles alegarán algunos y con razón.
Los hombres son diferentes a las mujeres, éstas necesitan manejar el cuidado de su higiene personal con mayor asepsia que el hombre que hace pis parado y no le importa mojar el asiento para quién venga después a sentarse.
El hombre discrimina su parte anal, es lo bajo y es lo que no debe entregar a hombre alguno. Marcelo ha escuchado, está seguro que alguien en algún momento de su niñez le ha dicho con esto, hasta con palabras tajantes. Pero no recuerda quién fue, ni cómo fue.
Comenzamos a hablar de ese atrás.
Las mujeres se solidarizan con la otra que se va a sentar en el mismo baño público. El hombre va al baño y se olvida que detrás viene otro. El problema del hombre es el detrás.
Marcelo me cuenta que ha leído un libro de Flavio Rapisardi que hablaba durante la época de los militares de las teteras en los baños públicos. Eran encuentros entre hombres en lo más bajo de los meaderos públicos.
Y hoy vimos varios “detraces”, el detrás de la caca del hijo, el detrás no me importa quién venga, el detrás tengo un hombre con su falo y sus objetivos.
Le pregunto que otros “retraces” se le ocurren y ahí se queda callado. Percibe quizás por primera vez que yo estoy detrás de él y esto produce un instante de silencio.

EXCITACIÓN MORBOSA

EXCITACIÓN MORBOSA

Por momentos llegaba a estados de excitación morbosa. Ahí es dónde el labio inferior se movía y el pelo negro le caía en la cara y le tapaba la vista.
Enceguecía… agarraba colores para tirarlos en una hoja, o tomaba una pedazo de macilla para hacerla mierda.
Después de un rato que nunca sabía cuánto duraba, ponía música, sabía que eso la tranquilizaba, la hacía sentir arrinconada, la creatividad ya tenía voz y ella se dejaba arrucar (siempre pensaba en esos momentos en esa palabra) por el cantante que la llevaba a su mundo.
Arrucar era sentirse nuevamente en el mundo, era también mirar de nuevo, o quizás por primera vez lo que había hecho. Siempre tenía la impresión que esos objetos que había pintado o modelado no se quedaban quietos. Eran una pequeña detención, una fragmentación del movimiento que apenas permanecía quieto para que ella intentase mirarlos. Pero los objetos querían seguir moviéndose.
Se sentía ahogada.
Los objetos la agobiaban y ella se iba, agarraba las llaves y sin decir nada a nadie y con lo que tenía puesto en ese momento, salía a la calle.
Era preferible que todos la miraran antes de seguir ahí.
Ya nada importaba. El agobio podía aumentar y ya bastantes cosas le habían sucedido en ese agobio si no trataba de irse.
El sentido desaparecía y era capaz de tantas cosas…
Ni el retrato del genocidio indígena que había tanto sentido en sus años de México, ni los rostros de los indígenas que buscaba en su Pampa natal.
El sentido no estaba. En ningún lado. Ya nada le importaba, ni siquiera con quien vivía desde hacía siete años.
La vida era absurda, y absurdo era seguir ahí. Era eso lo que más me gustaba de él.
Su absurdidad. Lo que le decía. Él estaba seguro que algo le había pasado en México y por eso a ella le pasaba eso. Quizás se lo dijera porque nunca había ido a vivir a otro lado, pero tantas veces le había repetido que ella algo había pasado en México con su sentido, mejor dicho antes de ir a México.
Era absurdo, pero cuando ella abría la puerta de calle, sabía que había algo de razón, que cuando llegó a México a los 21 años, a pesar de que se había ido de Buenos Aires porque no se podía vivir más allí, algo había dejado algo del sentido y que muchos años después había vuelto a buscar. Siempre salía a la calle con esa sensación de ir a buscarlo con urgencia. Y ahora abría la puerta de calle.

REGIMEN DE VISITAS

RÉGIMEN DE VISITAS.

¿Qué es eso?
Solamente quién tiene una relación pésima puede decir esas palabras.
Y además ella sabe que no sirve como mamá. Se distrae todo el tiempo, acaso ser madre, ¿no es saber mantener la atención en el otro?
Se le cae, cada dos por tres se le cae, no puede mantener una rutina, le importa solamente estar cómoda, y encima me echó de la casa. Eso sí lo supo hacer bien, y ahora habla de régimen de visitas.

PELO RECOGIDO

PELO RECOGIDO

Me tengo que soltar un poco más.
Me lo han hecho notar.
Es tener el pelo recogido e imaginar lo que serías si te lo soltaras.
¡Cuánto mejor serías! ¡Cuándo mejor estarías!
Me tenés que estimular. Lograr que no me cueste sentirme en bolas enfrente tuyo.
Ten cuidado en lo que vas a decirme y hacerme, no hay muchas oportunidades.
Inventame otra que no soy. Dale. Te doy una ayuda, poneme un par de tangos y vas a conseguir lo que más te gustaría. Elegilos bien porque me hablan, a mí.
Te tengo que sentir culto, esa es otra seña.
Conocedor de la vida, y por supuesto de las mujeres. Pero jamás me hables de otras mujeres. Solamente tocalas en mi cuerpo.

MENOS QUE MENOS A VOS

MENOS QUE MENOS A VOS.

No soy lo que muestro. Soy cobarde, soy un hijo de puta. Un trucho, un guacho. Hay cosas que no puedo contar. Ni a vos ni a nadie. Menos que menos a vos. Actúo lo que no soy. Me río cuando dicen doble vida. Es solamente una vida. Es más fácil pensar en doble vida. Más comprensible.
Esto me pasó por tocar muchas cosas, por siempre estar metiendo las manos. Una vez me quebré los dedos de la mano, todos los dedos de la mano. No hay aprendizaje sino quebrándose los huesos. Y quebrándose el alma. Quién puede saber más del alma que quién se la quebró. No queda igual. Podés empezar de nuevo pero el alma es imborrable. No se puede cambiar el cuentakilómetros.

LO TOSÍ

LO TOSÍ

Le tosí en la cara. Así lo sentí. Fue un acto de amor. Lo único que pude decir. Lo escuchaba y en un momento le tosí con ganas. No pude hablar. Tanta historia entre nosotros y ahora este alejamiento. Y no puedo olvidarlo. Ya no voy a ir cuando me llame. Que sienta que al menos eso no puede. No soy la gordita buena que se la va a mamar cuando él quiera. ¿Y yo? Dígame, ¿y yo?

LA CÓLERA DE LOS DIOSES

LA CÓLERA DE LOS DIOSES

A diferencia de la genealogía cristiana que ubica a la culpa como el principio de la aventura del hombre, los primeros escritos que conocemos de la cultura helenística ocupa ese lugar la cólera.
Zeus fue engañado por Prometeo y el Dios de los dioses encolerizado le mando a él y a los hombres, sus beneficiados, la caja de Pandora, sorprendentes males ligados a la curiosidad y a la ambición.
Zeus es un Dios encolerizado pero pensante de su venganza.
Escribe Hesíodo:
“Pero Zeus lo ocultó, encolerizado en su corazón, cuando lo engañó Prometeo de tortuosa mente; por eso él para los hombres meditó penas miserables.” [1]
En el comienzo del hombre no está la culpa sino la seducción y la erótica que lleva a los Dioses a mostrar las entrañas una y otra vez. Los dioses se encolerizan con estas criaturas tan vulnerables y amantes.
De las entrañas de Zeus, nace el buitre, que es la encarnación del engaño amoroso y la cólera que provoca.
Zeus manda la tinaja, la caja de Pandora, manda a la mujer Pandora, para que cuando se abra, se desparramen “las desgracias para los hombres emprendedores”.
“Gran pena para ti mismo y para los hombres venideros”, se trata del mal que caerá entre nosotros, y un mal muy especial porque producirá un regocijo, el hombre “tratando con cariño su propio mal”.
La erótica del mal.
No existe la separación entre buenos y malos, santos y pecadores.
El hombre deberá manejarse con esa Discordia.
¿Será regocijo del mal o regocijo del mal ajeno? solamente el lugar del Sustento podrá mantener alejado a las pegajosas querellas.
El trabajo que es sufrimiento terrible, que es la venganza de Zeus. “Antes solía vivir sobre la tierra la raza de los hombres lejos de los males y sin el duro trabajo y las enfermedades penosas, que dan a los hombres la muerte” es lo que lo aleja también de un sufrimiento constante.
Las estaciones del año modelarán el espíritu del hombre que trabaja. Y de esa tinaja existen los bordes, debajo de esos bordes se ha escondido la esperanza.
“Sola allí la Esperanza, de las indestructibles moradas dentro permaneció, bajo los bordes de la tinaja, y hacia fuera no voló”.[2]
Los males van y vienen por el mundo, “pero llevándoles males a los mortales en silencio, porque la voz les sacó el astuto Zeus. Así de ningún modo es posible eludir la razón de Zeus.”

[1] Hesíodo: Trabajos y días, Editorial Losada, página 87.
[2] Ibid, pag. 91.

DICE QUE YA NO LA QUIERO

DICE QUE YA NO LO QUIERO.

Ella es como un pinche. Perdido en el suelo. En algún momento te va a cruzar la pata. Es agresiva. Como el padre. Se limpia los besos.
No avisa cuando no quiere ser más de la familia.
¿Es autoagresiva? ¿Se corta sola?
Ni qué decirlo. Ya no nos asustamos más. Nos dice que se va a cortar, va al baño y lo hace. Ya todos sabemos lo que tenemos que hacer. Son las ventajas de la enfermedad. Si quiere le cuento los pormenores. Pero para nosotros cansa.
Pero no se muestra preocupada…
El afecto, eso se rompe como el coche y uno ya piensa que no sirve para nada. Y le gustaría dejarlo en la calle para que otros lo utilicen. Mi mamá dice que ya no lo quiero, justo ella. Que me vengan a hablar de amor. Lo que pasa es que hay cosas que no se hacen.

TE LO IBA A DECIR

TE LO IBA A DECIR

Les tengo que confesar que amo a este hombre.
Me desperté pensando que lo iba a decir.
Y entre los que escucharían estarías vos, otro hombre.
Con un hilo de voz me iba a animar a decírtelo.
Sin embargo no lo dije.
Y ahora es tarde.
La maldita vergüenza.
Todo en un momento parece claro
y después hay uno en el ascensor que tiene que bajarse porque no aguanta el peso.
En este preciso instante intento hablar.
Atravesando la puerta del armario, adentro mi cuerpo con tu cuerpo.
Sólo uno podrá pasar.
¿Importa tanto quién es activo y quién es pasivo?
¿Importa tanto quién habla y quién calla?

AÚN ANTES DE MORIR

No te das cuenta que me miró la verga.
Aún antes de morir me miró la verga.
¿No estaré un poco paranoico?
Me quedo con culpa.
No se puede confiar ni en la grandilocuencia de la muerte.

ME GUSTAN LOS CHICOS

ME GUSTAN LOS CHICOS

No que digo que me gustan los hijos sino los chicos.
Los cuido, los tengo alrededor, pido y consigo cosas para ellos.
Sí, te digo esto, te digo: no hay que ser alarmistas.
Tampoco pido que me comprendas.
Estoy rodeado de ellos, a algunos tomo para que a otros, no.
Tengo que estar satisfecho, sexualmente, para cuidarlos.
Y sabés cómo son los chicos. Se meten por todas partes, y ¿cómo no se van a meter entre las sábanas? Si es tan divertido.

lo inconcluso es todo lo que me falta darte

LO INCONCLUSO
ES TODO
LO QUE ME FALTA DARTE


Una vez una mujer soñó amarme.
Me pedía que le dibujara una boca.
Y que la boca delineada fuera igual a la boca de su cara.
Su voracidad me fastidiaba.
Pasando un dedo sobre su boca le dije:
¿Es el amor tan pegajoso y pedigueño como el tuyo?

HABÍA QUE AYUDAR AL TURCO

HABÍA QUE AYUDAR AL TURCO.

A Vicente Zito Lema

La bala que le había destrozado una pierna fue el comienzo de la balacera. Nadie esperó aquella tragedia del martes 28 de mayo de 1968. ¿Para qué el afán del documento histórico frente a lo que pasaba en el hall de derecho cuando unos treinta tipos hacían un acto de fundación de la juventud guevarista y otros tanto entraban a boca de pistola porque se la tenían jurada?
Una bala siguió a otras balas. Yo lo vi al turco caer y me vi a mí definitivamente a salvo. Y ahí es cuando todo comenzó a suceder más lento. Cuarenta años después aún sigo mirando cuando Juan se acercó y le tiró a la otra pierna, todos supimos que venían a buscar al turco. Lo querían rematar.
“Nunca más vas a caminar, pendejo”.
Lo definitivo.
La gremialidad universitaria, el grupo que entraba, venía a defender el lugar donde tenían guardadas las armas. No permitirían que ningún grupo viniera a fundarse en sus mismas narices. Una provocación así, solamente podía contestarse disparando a las piernas o disparando a la cabeza.
Juan dudó por un segundo. Al ver al turco caído sangrando por una pierna tuvo la certeza de que lo tenía que rematar en las piernas. Había una racionalidad, el destino siempre fue vengativo. Ojo por ojo, diente por diente, pierna por pierna. Juan venía de una familia devotamente cristiana. Su madre desde su misma cuna le cantaba salmos de un librito negro que siempre parecía estar caliente.
Y apuntó y todos vimos cómo se tomaba su tiempo para incrustarle la bala en el medio exacto del hueso de la otra pierna y dejar al turco definitivamente inerte. Un hombre con una bala en una pierna puede intentar escapar pero con dos, no.
El turco había tenido suerte. Su desvalimiento le salvó la vida. Un poco más rezagado venía Pedro Ventura. Su nombre jamás lo pudimos olvidar. Era nombre y era apellido. Era el carnicero. Como previo a un partido, había entrado al hall bien concentrado. Se detenía apuntando a la cabeza. Y estaba afilado. María nunca supo quien le disparó porque esa bala le destrozó la conciencia. La destrozó un poco menos que la segunda, porque Juan Ventura aún con el tiro dando en el blanco quería destrozar la primera bala con una segunda. María era la compañera del turco, y él tampoco supo quién le había llevado a su compañera. El turco se desmayó antes de verla morir a su lado. Había que ayudar al turco. Entonces fui yo quién lo agarró de los brazos y lo sacó del hall de derecho. Ni él mismo lo sabe. Y no me gustaría que se enterara cuarenta años después.

A PUNTO DE MORIR

A PUNTO DE MORIR

Nunca había atendido a un hombre viejo a punto de morir. Dijo que venía a hablar de eso. No hay años para esa mirada que me echó la primera vez que entró por mi puerta.

—¿Porqué se va a morir? —sus ojos me miran más allá de sus años. No había sido una buena pregunta
—Le demando a la vida por qué me voy a morir. Son los momentos finales.
—¿Y cómo van a ser?
—Me imagino cuando se acerque y me quiera emocionar y no tenga lágrimas de tantas que no derramé.

De chico le dijeron que los hombres no lloran y él ha cumplido durante su vida esa premisa.

—La conclusión no puede alejarse de las premisas dice la lógica…
—Me dicen mis ojos que no llorarán aún cuando sea el instante final.
— ¿Y entonces?

Mejor morir sin darse cuenta. Mejor el deterioro, perder la lucidez que saber cómo termina la peli. Mejor estar y no estar. No saber que ese día ella se presentará. Estar más ido que esa espera atrás de la puerta sabiendo que es tan puntual como puntual es el reloj para marcar las horas.

—Si sabés cuándo vendrá, no hay urgencias.
—Pero hay un gran miedo cuando se acerque el momento y tenga que levantarme a darle la mano, y también un gran fracaso, me eduqué en la muerte, desde chico, y no pensé que esto me pasaría.

Hablamos de eso. Preparándose, ya había empacado, sabía que se muere cómo se vive y que no hay ningún secreto en la muerte. Quien no cree en Dios descubre que no hay azar, no hay secreto escondido más allá. Lo que se logra es que la muerte se anuncie, tenga respeto por nuestro destino. No hay muerte antes de tiempo sino a tiempo de cada destino.

—Estoy triste, quisiera llorar. Pero no. Tengo los conductos deteriorados porque no he llorado y no sé cómo hacerlo.
—¿Porqué mirar de frente es no llorar?
—Se muere primero el viejo, y uno dando vueltas. Recuerdo eso. Yo le decía a mi hermana: No te das cuenta que aún después de muerto, me miró.

La muerte se anuncia. Al que le toca, empieza a estar ausente. A diferencia de lo que ocurría en la Edad Media, el muriente no se arroja al lecho para esperar la llegada de la muerte. Se muere trabajando por lo que se ama. Se muere solo.

—La tristeza ¡qué importa que sea llanto!, es dolor por lo que se deja.
—Es cierto que no importa tanto las lágrimas. Aún en la muerte nunca se acaba la melancolía.
—¿Y qué es lo que teme?
—El olor de la muerte, ese momento previo, porque la carne se descompone antes de morir. Dios es melancolía. Encontrarse con alguien que habla, que me habla. ¡Que bueno sería! Si Dios no existe la preocupación queda por la decadencia, por la descomposición.

Lo invito a comenzar un análisis, no tiene tiempo, la pulsión escópica es lo que resta aún para que la operación de su vida lleve a su realización, la mirada debe ser dejada de lado, la del viejo mirándolo aún después de muerto, el olor visual a la descomposición de la carne, la charla esperada de Dios.

—Es momento para comenzar un análisis—le digo.
Ahora ya no dice nada. Y algo se asoma en sus ojos, un reflejo, un destello, una esperanza, una ausencia, un final.